Una vez un hombre y una mujer se cruzaron en mitad del desierto. Como animales que eran, se marcaron, se olisquearon, y, de repente, comenzaron a danzar.

La danza empezó muy poco a poco: uno guiaba unas veces, el otro marcaba el paso, uno pedía un ritmo, el otro improvisaba sus movimientos preferidos…

Un día, de repente, la música dejó de sonar y la danza se paró en seco. Se miraron el uno al otro, de frente, desnudos, sin perfumes ni adornos, sin rastro del maquillaje que los cubría mientras danzaban. Y entonces, por primera vez, se dieron cuenta del tiempo que habían invertido en entrenar los cuerpos, en depurar la técnica, en ensayar la coreografía de esa maravillosa pero intuitiva danza, sin saber cómo escuchaba el otro las mismas notas, cómo sentía aquella música, a qué le sonaba…

No habían dejado entrever ni un trocito de su alma, lo que les hacía humanos, especiales y peculiares. No sabían cuándo seguir el paso, cuándo pararse o cuándo retirarse.

el sexo

En ese preciso instante se dieron cuenta de que todavía eran dos animales desconocidos en mitad del desierto.